Hace lo que pocos hacen, se explica así mismo en los libros, se narra, se arma y se desarma en letras; parece exageración, pero es que cuando cuenta su historia, frecuentemente encuentra una cita, un autor, una página para explicar sus pisadas en esta experiencia llamada vida.
Hace dos años escribió su primer relato, lo hizo por ejercicio, porque le nació, porque lo inspiró el extenso verde de Llanos de Cuivá, en el Yarumal de sus padres, en el norte antioqueño. Lo escribió para sí mismo. No se imaginó que alguien más lo leería, que un grupo de expertos lo valoraría tanto, mucho menos que ganara el primer lugar en la categoría Estudiantes de Posgrado y Egresados y que lo dieran como ganador absoluto entre más de 130 escritores en el reciente XXIII Concurso de Cuento Tomás Carrasquilla, que premió el talento TdeA.
Antes sucedió, en el mismo escenario del campus Robledo, la llegada inesperada de esos regalos de la vida por su esfuerzo y talento. Recuerda que fue el 21 de marzo de 2024, cuando quería sorprender a sus padres, que por primera vez conocían su universidad, cuando lo llamaran al atril para hablar en nombre de sus compañeros de cohorte. Pero la sorpresa se adelantó, y también fue para él. Al escuchar su nombre, caminó hasta el escenario para recibir su diploma como trabajador social, pero no se esperaba la mención de honor por el mejor proyecto de grado, mención de honor por las mejores prácticas, mención de honor por el mejor promedio del programa.
Es que estaba motivado, sin duda. El encuentro con su carrera fue por el lado académico, le emocionaba el pensum, disfrutó el estar en las aulas, cada clase, el estar en la U, desarrollando una relación especial con su carrera; no importaba mucho el tiempo compartido con el trabajo en call center y como domiciliario, si estos le ayudaban a su permanencia en el campus para acceder a ese conocimiento. Porque hay algo que dice desde el corazón, que su alma mater le cambió la vida, pues llegó un momento en que creyó imposible estudiar.
Luego de su graduación, trabajó en la Fundación Secretos para Contar, que lleva experiencias educativas a los lugares más difíciles de la geografía colombiana. Bonito, muy bonito, pero su camino allí era corto. “Me fui al mar, reflexioné, me sentí como en El Viejo y el Mar y renuncié”, recuerda. Y empezó a andar un camino más largo con World Vision Colombia, donde ya lleva dos años trabajando por la protección de la niñez.
“Pero el sueño más grande de mi vida es ser maestro universitario y este semestre el TdeA me cumplió el sueño en Trabajo Social”, pasa por este tema el resaltador, refiriéndose a sus clases con Territorio TdeA en el Oriente antioqueño.
Cuando se está hecho de letras
Las letras están en su naturaleza tanto como lo está la academia, es innegable que la literatura es su modo de habitar el mundo. “Yo quisiera morir escribiendo, es lo único que nos va a quedar”, dijo y no hay nada más que anotar.
Tiene una biblioteca, o “como diría Umberto Eco: la antibiblioteca”, que comenzó a armarse sacando ejemplares en el pasaje La Bastilla, en el estruendoso centro de Medellín y que Juan Luis llama “la cuna de la literatura de barrio”. Se volvió una manía que se extendió en años, librerías y geografías. Ahora les invadió la casa. De ese tamaño es el apego a la tinta. “Como dijo Borges: el que quiere escribir, necesita leer el doble. No es posible que alguien tenga el talento innato de escribir sin nunca haber leído. Y yo me apoyo mucho en una frase dicha por Isaac Newton, no soy grande, sino que me poso en hombros de gigantes”, parafrasea sus fuentes.
Confiesa que la lectura comenzó por amor, por impresionar a la que ahora es su esposa, que sí era buscadora de las historias pegadas a un lomo. “Ella me llevó a una feria del libro en Yarumal. Yo conocía los libros de toda la vida, de literatura universal, la del colegio, pero yo no era lector. Y empezó a hablarme de un tal Nietzsche y un tal Kant. Y me los compré… para impresionarla”, dice con aire presumido, pero no tarda en confesar que luchó con los aforismos en ese primer encuentro.
Pero no se dio por vencido. Le agarró gusto a las lecturas retadoras con páginas freudianas y, especialmente, con el libro De animales a dioses del historiador Yuval Noah Harari, precisamente lo encontró en La Bastilla y lo atesora como la puerta de entrada a las profundidades.
Y, como ya se sabe, le funcionó, en todo sentido. “Y me di cuenta de una faceta que no conocía: amo la filosofía. Entonces mis libros fueron de filosofía. Y me volví un filósofo empírico. Y leía Kant, a Platón, a Nietzsche, a Marx. Y con ella compartía las lecturas, sobre todo a Julio Verne”, habla de su “Gaba”.
Fotógrafo de Almas
Esa profundidad la usa para las letras propias, para hacer un retrato del mundo que finaliza con ironía y una crítica profunda con humor. Así es su cuento, el ganador, Fotógrafo de Almas. “Amo la literatura. La amo. Y, ahora que gané el Concurso, en los canales de la historia, en los cánones históricos de la humanidad, hay un pedacito de un texto mío por ahí girando”.
Lo profundo le atrae, le gusta pensar que el mundo es un lugar misterioso y tiene como filosofía de vida aprovechar la estadía. “Si nos quedamos con lo superficial, vinimos a nada. Hay una frase de un rapero español, llamado Nach, que ha sido un mantra para mí a lo largo de la vida: nosotros matamos el tiempo sin saber que nos mata”, hace hincapié en que al final del camino no se recuerdan las pantallas sino los momentos realmente vividos.
Cuenta que es más de disciplina que de musa. Cuenta que además le encanta el microrrelato, que no da tiempo de envolver al lector, pero dice que lamentablemente él necesita más renglones para hacer la tarea. Cuenta que sus autores consanguíneos son: Byung-Chul Han, el filósofo surcoreano-alemán que escribe sobre la “sociedad del cansancio”; Paulo Freire, el pedagogo y filósofo brasileño; Bertrand Russell, filósofo, matemático y Nobel de literatura británico; y el quizá oscuro Edgar Allan Poe, maestro del terror y el relato corto. Lo que no cuenta es que escribe poesía, lo delató su esposa Laura.
Finalmente, explica que quisiera morir escribiendo porque es lo único que va a quedar, “lo decía Sócrates. Creo que Sócrates odiaba escribir, porque él decía que la escritura era la letra muerta con la que no podíamos discutir, pero decía que hay una gran diferencia entre vivir para siempre y ser inmortal, y el inmortal es el que nunca quiere dejar de aprender”, dijo y no hay nada más que anotar.