Una conversación con el fotoperiodista Henry Agudelo y profesor del TdeA Germán Antía en la Biblioteca Pública Piloto
En la Biblioteca Pública Piloto (BPP) se realizó la conversación “Dar vida a la muerte a través de la fotografía”, un diálogo que cruzó la fotografía documental y las ciencias forenses para pensar la muerte como archivo, evidencia y memoria colectiva. El encuentro se enmarcó en la exposición “Henry Agudelo: El presentimiento de las imágenes”, que invita a recorrer la riqueza del fondo fotográfico del maestro y a abrir preguntas públicas sobre vida, violencia y dignidad.
En esta conversación, el fotorreportero Luis Henry Agudelo Cano dialogó con el profesor adscrito a la Facultad de Derecho y Ciencias Forenses del TdeA, Germán Antía Montoya, biólogo, magíster en Salud Pública y doctor en Ciencias Forenses. A partir de sus trayectorias, el encuentro propuso mirar la muerte desde una perspectiva fotográfica y tanatopráctica, sin perder de vista el respeto por las personas y la dignidad humana.
El trabajo profesional con la muerte
Agudelo Cano llegó a fotografiar la muerte cuando su compañero Alirio murió en sus manos en medio de la violencia que vivió Medellín. En ese recorrido, que incluyó escenarios como los cementerios San Lorenzo y Universal, fue construyendo una mirada documental que, con el tiempo, se encontraría con el trabajo académico de Antía Montoya, desde los laboratorios de morfofisiología del TdeA. El fotógrafo destacó que sin el maestro Antía “no hubiera llegado a sonreírle a la muerte”.
Por su parte, Germán Antía explicó su acercamiento a la muerte desde la academia. Recordó que, hacia los años noventa, rotaba en el Departamento de Patología en una ciudad que, como señala, tenía “una alta tasa de mortalidad, de 450 muertos por cada 100 mil habitantes; es decir, cada fin de semana había noventa autopsias y, en un día de semana, cuarenta”. En ese contexto, dijo, se introdujo al mundo de la tanatología y las ciencias forenses.
Para Antía Montoya, el trabajo forense implica aprender a interpretar lo que el cuerpo revela: “el cadáver te habla, te dice cómo murió, en qué condición, en qué momento, hace cuánto… lo va contando todo; solo que yo tengo que aprender a leer ese lenguaje encriptado”. Desde esa perspectiva, subrayó que la formación en criminología busca apoyar la administración de justicia: comprender cómo ocurrieron los hechos, en qué circunstancias y quiénes pudieron estar implicados.
En esa misma línea, Antía destacó el valor del registro fotográfico en contextos judiciales y recordó imágenes de Agudelo en San Carlos (Antioquia), donde, como explicó, es posible leer, incluso, a partir de lesiones por proyectil de arma de fuego, “el último momento y hálito de vida” de una persona.
Agudelo, por su parte, definió su oficio como una responsabilidad con la historia: “documentar imágenes para la historia, de los sucesos, de los acontecimientos”. En su relato, mostró registros de hechos como la masacre de Mapiripán, Dabeiba y los carros bomba en Medellín durante la época de Pablo Escobar.
Ambas profesiones se encuentran, de manera especial, en el trabajo judicial. Antía explicó que, cuando se reclaman cadáveres, incluso de hace décadas, el archivo visual es determinante, pues documento el proceso desde su custodia y mientras se hacen los procedimientos: “con las fotografías de Henry, me ayudo muchísimo porque yo ya tengo el cadáver sin piel, sin grasa, sin nada”.
Tratar la muerte con dignidad
Para Agudelo, la ética comienza antes de tomar la foto. “Me pongo en los zapatos de la otra persona y la trato al máximo con respeto, con distancia”, dijo. Por eso, explicó, busca distintos ángulos sin renunciar al registro de lo ocurrido, y en ocasiones decide “matizar” el impacto: “en vez de hacer la imagen a color, la hago en blanco y negro”. También mencionó la importancia de los consentimientos y del respeto por quienes están presentes.
En escenarios académicos y forenses, añadió, procura intervenir lo mínimo: “trato de no estorbar… yo me alejo un poco, casi que ni existo; me camuflo con ellos, con la bata, el tapabocas, y trato de ser lo más simple posible a pesar de que las cámaras son muy evidentes… trato de ser muy silencioso”.
Antía complementó esa mirada desde el deber de custodia. “El cuerpo humano siempre tendrá dignidad y el cadáver muchísimo más, porque no puede hacer cosas por él mismo; no puede tapar su desnudez”, afirmó. En esa línea, recalcó que “esa ética y el derecho a preservar la dignidad está en las personas a quienes nos han encomendado la custodia del cadáver”. Por ello, explicó que, incluso cuando el cuerpo debe estar expuesto por razones técnicas “en la morgue y en la funeraria tenemos el cadáver desnudo, pero sus partes íntimas están cubiertas”.
El profesional forense describió esa responsabilidad como un encargo profundamente humano: “lo más lindo es esa custodia que te da la familia: ‘cuídeme el cadáver que es el de mi hijo, de mi padre, de mi madre…’”. Y señaló que, tras una necropsia, el procedimiento también incluye acciones de cuidado para una entrega digna: “borramos la sangre, limpiamos las heridas, lo ponemos en condiciones dignas de ser mostrado en una velación. El respeto por el cadáver estará presente en cada uno de los actos que nosotros hacemos”.
La vida está en la muerte
Recordó que, paradójicamente, es a través de los cuerpos sin vida que se fortalece el conocimiento sobre la vida, la medicina y la práctica clínica. “Darle vida a la muerte es a través de cómo la muerte… a través de sus partes, sus huesos, sus venas, sus cerebros, van enseñándole a infinidad de estudiantes”, expresó. Y concluyó: “la vida está en el cadáver, porque es a través del cadáver que nosotros aprendemos muchas cosas para hacer en los vivos; yo sé cómo tengo que preparar el cadáver para que el ortopedista ensaye un equipo nuevo”.
La transmisión completa de la conversación está disponible en YouTube