Senderismo, trekking, montañismo, rafting, alpinismo, todo cabe en sus planes cada fin de semana, sin falta; es deporte, sí, pero también es una terapia, hasta llama a la montaña “la maestra silenciosa”. Sí, se trata de subir y retarse a no perder el aliento, pero también se trata de que el crepitar de las botas en la tierra o en el hielo rete al pensamiento. Al final, cuando llega a la cima, algo cambió, eso es seguro, siempre pasa; respira y disfruta el regalo del paisaje, el sentirse diferente, el declararse dueño de sus días y de su mente. Sube con la bandera del TdeA en la mano, porque ahora su vida se trata de eso, de la terapia con la montaña y de lo que su alma mater le enseña.
A los 20 años encontró el camino Daniel Aristizábal García, estudiante de Psicología en el Campus Robledo y aprendiz de la montaña, los nevados y los ríos; parece temprano para hallar el sentido de la vida, pero hay que conocer su historia para saber que no fue fácil y cómo sumó lo que tenía en las manos para hallar una forma de reconstruir su vida y ahora servir a otros promoviendo espacios de bienestar emocional en la naturaleza.
Comencemos por el principio. Pasó de ser muy activo con el deporte al consumo en la adolescencia, como él lo dice “eso se salió de control”, la rumba, la adicción, las malas conductas, el autoengaño, la vida. Queriendo recuperar de nuevo el volante se dispuso a la rehabilitación. “La vida misma le va a uno enseñando que ese no es el camino”, dice que cuenta su historia para dar testimonio de que sí se puede transformar la historia. “En ese espacio de soledad uno reflexiona mucho y me di cuenta de que me estaba equivocando, de que había que cambiar las cosas”.
La montaña como terapia
Hubo un momento en el que sintió que había recuperado la libertad, pero todavía no encontraba un motivo para seguir adelante. Había dejado atrás el consumo de sustancias psicoactivas después de un proceso de recuperación de más de un año y había retomado una vida tranquila junto a su familia. Sin embargo, la rutina seguía dejándole una sensación de vacío, que era normal sentirlo tras una experiencia como la que vivió, pero que, viendo más de cerca, es el que muchas personas sienten, sin tener que estar en un proceso de recuperación, imbuidos en las redes o el trabajo, dirigidos por instrumentos, sin dar sentido a lo que hacen o a la vida misma. “Yo me preguntaba de qué servía hacer las cosas bien si igual me sentía vacío”, recuerda.
Además de seguir juicioso con su terapia, quiso sentirse bien, recuperar el disfrute perdido. La respuesta apareció donde menos la esperaba: en la montaña. Aceptó la invitación de uno de sus acompañantes en su proceso y guía en una agencia de deporte de aventura.
La primera subida fue al cerro Tusa, en Venecia, Antioquia. El esfuerzo físico, el silencio, la inmensidad del paisaje y la sensación de alcanzar la cima le hicieron descubrir algo que nunca había experimentado: “Me hizo sentir vivo otra vez. Me dio muchas cosas esa ruta, me devolvió al presente. Me puso reflexivo porque uno es muy pequeño si uno no se ve desde arriba, lo que nos hace grande a nosotros es ver lo pequeño que somos”.
De ahí en adelante, vinieron cada ocho días senderos tranquilos y montañas duras, ríos rápidos y cascadas, cielos estrellados encima de fogatas, paisajes verdes en el bosque, así se le fueron sumando más nómadas y nuevas rutas. El Cerro Quitasol, el Padre Amaya, el Páramo de Las Baldías y decenas de rutas se convirtieron en escenarios para descubrir paisajes, hacer nuevos amigos y, sobre todo, conocerse a sí mismo. “¡Qué bacana esta nueva vida! porque me ha llevado a conocer lugares, aventurear, conocer nuevas personas”.
Con el tiempo llegaron retos mayores y paisajes blancos. Ascendió el Nevado del Tolima, a más de 5.220 metros de altura. El 7 de diciembre de 2025, el grupo tomó la ruta larga. No se fueron por Anzoategui, la conocida puerta de entrada al Parque de los Nevados. Otro camino les ofrecía una película donde los paisajes extremos aparecían de repente, cambiantes. Esas botas bordearon la Laguna Bomboná, pasaron por el Valle de los Frailejones, se montaron por la casa del oso de anteojos, medio se veían en los bosques de niebla, se empaparon en los páramos, dejaron su huella en los bosques altos andinos, eso por cinco días “una cosa es verlo en fotos o videos y otra atravesarlos, ver cómo claramente las plantas cambian, el tipo de suelo cambia, la fauna cambia, todo cambia, y se va sintiendo que uno va atravesando mundos diferentes. Fue brutal. Esas son las cosas que trae la montaña”.
También aprendió que más que entrenamiento físico, que se necesita, lo más importante es la fuerza mental y espiritual, son retos en los que casi nadie piensa al momento de alzarse la mochila. Pero tampoco se prepara para la cima, para los picos nevados, para la inmensidad: “Eso tan lejos y uno llegar arriba… Es una sensación de calma tan grande, cada vez que subo cumbres altas, me siento sin problemas, no se necesita tanto, solo a uno mismo viviendo el presente”.
En la lista de cumbres está el Nevado de Santa Isabel, dice que antes de que desaparezca, pues cada vez está menos blanco. En Ecuador visitará la triada de volcanes: El Illiniza Norte de 5.126 metros sobre el nivel del mar, el Cotopaxi de 5.897 y el Chimborazo de 6.263, preparación para la argentina Aconcagua, la montaña más alta de América con 6.961 metros de altura.
Pero su mayor meta no está en los metros sobre el nivel del mar, sino en ayudar a que otras personas descubran que existen formas distintas de sentirse vivas: “La montaña es una maestra silenciosa que no te habla, pero si tú lo decides, te puede enseñar muchas cosas”, afirma.
La experiencia con el Nevado del Tolima fue un escalón más en la terapia: “De ese nevado aprendí que uno se esfuerza muchísimo para llegar a la cumbre, casi tres días, uno quisiera quedarse arriba, pero no puede, y eso es un mensaje de humildad muy profundo, uno entiende que no puede quedarse allí. Hay que agradecer el momento, estar presente para disfrutarlo y seguir caminando, si uno se enamora de esa cumbre, se muere allá arriba. La montaña, si quieres, te puede enseñar a vivir”. Cuenta Daniel que ese fue el momento en que vio claramente que esos mensajes de la montaña podrían apoyarse mejor con la psicología, por esta razón está en las aulas del TdeA.
Proyecto de vida
Convencido de que la salud mental también puede fortalecerse fuera del consultorio, en la montaña propiamente, inició su proyecto personal, profesional, de servicio y corazón: Cascaderos Salvajes, que combina senderismo con espacios de conversación, silencio y reflexión en medio de la naturaleza. La propuesta reúne a personas de diferentes edades e historias para caminar, compartir experiencias y encontrar en la montaña un lugar seguro para expresar emociones.
Algunos participantes han vivido procesos de recuperación por consumo de sustancias, otros no, algunos acompañantes son psicólogos en este ramo, otros como Daniel son estudiantes ávidos de compartir su experiencia, lo importante es que el propósito va mucho más allá: “No se trata solamente de las adicciones. Todos tenemos cargas, miedos o momentos difíciles. La montaña puede convertirse en un espacio para entenderlos y transformarlos”.
Actualmente, el grupo reúne a más de cien personas y continúa creciendo con una filosofía sencilla: demostrar que existen maneras saludables de encontrar bienestar y propósito, trabajando por la salud mental desde el viaje de aventura, una meditación activa si se quiere. Ese escucharse, ese sentido y aprecio por la vida, esas enseñanzas vienen en medio de campamentos, de fogatas, de senderismo, trekking, montañismo, rafting, alpinismo, todo cabe.
Para Daniel, la montaña no ofrece respuestas mágicas. Lo que ofrece es perspectiva. “Uno llega allá arriba y entiende que la vida se ve diferente. Descubre que puede sentirse vivo desde lo bueno”. La cima que más le interesa alcanzar sigue siendo otra: ayudar a que más personas descubran que, a veces, basta con empezar a caminar para encontrar un nuevo sentido a la vida.