Las experiencias de quienes habitan una ciudad también se cuentan en sus canciones, novelas, poemas y fanzines. Reconocer esos vínculos entre la música, la escritura y la memoria fue el punto de partida de Escrituras del Ruido, el Primer Congreso Interdisciplinar de Estudios de Rock, Literatura y Cultura, que se realizó el 15 y 16 de octubre con actividades en Medellín y Bogotá.
El encuentro fue organizado por la Licenciatura en Literatura y Lengua Castellana del TdeA Institución Universitaria y la Universidad Central, a través de su Escuela de Estudios Transversales, los programas de Creación Literaria y Estudios Musicales y el semillero Puntos Cardinales. Según sus organizadores, la convocatoria recibió más de 120 propuestas de ponencias.
En la apertura, Néstor David Restrepo Bonnet, decano de la Facultad de Educación y Ciencias Sociales del TdeA, destacó que “una letra de rock puede perfectamente dialogar con la poesía. Una novela puede incorporar la sensibilidad de una escena musical. Un fanzine puede convertirse en un espacio de escritura, crítica y experimentación. Examinar, experimentar y vivir estos cruces no supone reemplazar el canon, sino ampliar nuestras posibilidades de lectura y preguntarnos qué voces han quedado fuera de él”.
Por su parte, Azuvia Licón Villalpando, directora del programa de Creación Literaria de la Universidad Central, resaltó que “ni la literatura ni la música existen sin los otros. Existen solamente a partir del encuentro, de esos choques de opiniones, de esas divergencias, de todas esas cosas que ocurren cuando uno está en contacto con el otro”.
De la escucha a la escritura
Los docentes y organizadores David Martínez Houghton, del TdeA, y Diego Sierra, de la Universidad Central, presentaron las preguntas que orientan el congreso y un recorrido por obras colombianas en las que el rock influye en la construcción de personajes, los ritmos narrativos y las maneras de representar la vida urbana.
“En este congreso no entendemos el rock solamente como un género musical, sino como una estética, es decir, como una posibilidad de experimentar, de representar nuestras ideas sobre el mundo. El rock constituye no solamente una sonoridad; parte de la música pero desborda lo propiamente musical”, explicó Martínez Houghton.
El recorrido relacionó el nadaísmo y la obra de Gonzalo Arango con títulos como El atravesado y ¡Que viva la música!, de Andrés Caicedo; Conciertos del desconcierto, de Manuel Giraldo Magil, y Opio en las nubes, de Rafael Chaparro Madiedo. La propuesta fue leer estas obras desde la escucha y reconocer cómo la experiencia musical interviene en la escritura, más allá de la mención de una banda o una canción.
Las ciudades que se cuentan desde el rock
El conversatorio sobre narrativa y poesía reunió a Alejandro Cortés González y Michael Benítez Ortiz, con una intervención grabada desde México del poeta y narrador Henry Alexander Gómez. La selección musical de Presente Estudio acompañó una conversación en la que los autores compartieron sus procesos de escritura y leyeron fragmentos de sus obras.
Cortés González, poeta, narrador y músico, habló de Notas de inframundo, Álbum púrpura y Todos los diablos tienen sed. Al referirse a este último libro, explicó cómo su propósito de escribir sobre música terminó convirtiéndose en una exploración del país.
“Quien terminó siendo protagonista fue la patria. Fue Colombia, fue la Colombia de las últimas tres décadas, porque el territorio toma muchísima fuerza. […] Para mí, el rock es la verdadera música urbana, es como el folclore de la ciudad”, afirmó.
Benítez Ortiz, poeta y compilador de La calle fue su mejor poema. Poesía en el rock colombiano, recordó que su acercamiento a la lectura comenzó con las canciones que escuchaba durante la adolescencia.
“Yo comencé a leer y a escribir grande porque comencé a escuchar rock and roll. Las letras de la música me fueron llevando a la poesía. En todo ese tránsito de la música a la poesía conocí a Gonzalo Arango y al parche nadaísta, y por ahí después a Andrés Caicedo”, relató.
En su libro reunió 30 canciones del rock colombiano, publicadas entre 1968 y 1998, con el propósito de que sus letras pudieran leerse como una antología poética. El trabajo, desarrollado durante cerca de doce años, incluye comentarios sobre las bandas y los contextos históricos de sus composiciones.
Desde México, Gómez compartió la relación entre su experiencia como oyente y libros como Cuentos para hundir un submarino, en el que los conciertos, los bares y los encuentros alrededor de la música forman parte de las historias.
“En casi todos mis libros hay un poema o un relato que tiene que ver con el rock and roll. […] Cuentos para hundir un submarino es una obra que relata también todas esas experiencias de escuchar rock and roll en la adolescencia: qué es asistir a conciertos, qué significa asistir a los bares, todos esos personajes que pululan”, explicó.
Conservar y compartir la memoria musical
La mañana continuó en el TdeA con Santiago Arango Naranjo, periodista, fundador de HagalaU y coordinador del Centro de Documentación Musical El Jordán. Su intervención abordó los vínculos entre literatura y rock en Medellín y destacó que “el rock siempre ha tenido un pilar que es el ‘hazlo tú mismo’. Eso ha cambiado también y es ‘hazlo tú mismo, pero hazlo con otros’. Básicamente es, si el Estado no me provee los recursos y la institucionalidad no me provee los recursos, yo busco la manera de publicar mi libro, yo busco la manera de publicar mi disco”.
Las conversaciones de la primera mañana abrieron preguntas sobre la escucha, la creación y las formas de narrar las ciudades. Para ampliar estos temas y conocer otros espacios del congreso, se pueden consultar las transmisiones de YouTube del 15 de octubre en la mañana, el 15 de octubre en la tarde y el 16 de octubre en la mañana, así como la programación general del encuentro.












